2.5.06

Je suis très chic!





















Fuera falsas modestias: me considero el chico mejor vestido que conozco. Y ya hay quien me ha pedido matrimonio y todo.

Hay gente que no es muy dada a arreglarse, y peor aún, chicas que no cuidan eso. Mujeres que para ir a cenar a un restaurante se presentan con camiseta, vaqueros y deportivas, y el pelo sujeto con una pinza de plástico grandota, que me parece el invento más hortera de todos estos siglos. Perdonad el inciso, pero súbitamente recuerdo a Carrie Bradshaw en aquel capítulo de “Sexo en NY”, horrorizada ante la visión de una señora con una cola sujeta por una goma para el pelo. Hay accesorios que nunca deberían haber sido patentados…

Cuando veo a una chica que siempre va vestida como si fuese a hacer footing o aeróbic mi reacción más inmediata es pillarme un cabreo casi masivo. Que un chico sepa qué ponerse para según qué ocasión y una chica no, demuestra, una vez más, que el mundo se está volviendo loco.

Mi sobrina (18 años) tiene un estilo personal que refleja todo lo que le gusta y todo ese universo de películas y discos y demás parafernalia que la ha rodeado desde que era pequeña. Es tan mitómana como yo y cuando se compra algo siempre hace la referencia pertinente: “¡Qué vestido tan bonito! Me recuerda a ‘Grease’, cuando hacen el concurso de baile en el instituto”, o “Me encantan estos zapatos, parecen los de Audrey Hepburn en ‘Vacaciones en Roma’”.

Me gustan las personas que se molestan en cuidar algo tan importante como son los complementos. Hay algunas que se pasan tres pueblos y van de compras como si fuesen de boda, con faldas adamascadas, taconazos de aguja y pelos recién salidos de la peluquería. A esas me gusta observarlas y pensar en lo que pasará por sus cabezas antes de salir a la calle, cuánto tiempo dedicarán a acicalarse tantísimo y de qué famosa o revista se habrán copiado. Me divierten, pero también me asquean. Es ese porte de ir demostrando que ellas pueden más que otras, que son ricas y que se pueden permitir el lujo de ir a comprar al supermercado con un bolso plagado de CH’s, que dicho sea de paso me tienen ya hasta el moño y me parecen el colmo de la vulgaridad.

No hay nada más hortera que llevar un bolso con el Gucci, el Dior o el CH (Carolina Herrera) a la vista de todo el mundo y que, para colmo, el dichoso logo esté multiplicado por 100. ¿No saben, señoras mías, que esos bolsos, esas marcas, esos cinturones ya están totalmente devaluados después de que los moros los vendan, perfectísimamente falsificados, por cuatro duros? ¡Por el amor de Dios, si hasta la maruja más maruja tiene ya un Louis Vuitton!

Si tan poderosas sois, hacedme caso e invertid en un precioso bolso Kelly de Hermés y dejaos de tonterías. Esos aún no han sido falsificados.