26.12.06

Hoy aquí, mañana vete
















Es la segunda Nochebuena que paso en un tanatorio, y el primer día de Navidad que toca acudir a un entierro. Es horrible cuando la persona en cuestión fallece tras haber sufrido mucho a causa de alguna enfermedad. Aún es peor cuando ocurre sin que nadie lo espere. En un abrir y cerrar de ojos.

El día de Nochebuena falleció una de esas personas que son como parte de tu familia. Padre de dos de mis mejores amigas de la infancia (supongo que el término uña y carne se tuvo que acuñar basándose en nuestra amistad), esposo de una señora que fue una de las mejores amigas de la niñez de mi madre, amigos de mis padres y de toda mi familia, en fin, personas que se hacían querer y querían a los demás. Personas que han formado parte de mi vida desde que llegué al mundo.

Parada cardiorrespiratoria mientras preparaban la lumbre para cocinar la cena de Nochebuena. Navidad, Navidad, dulce Navidad…

Os voy a ahorrar los detalles de la velada porque son fechas entrañables y no quiero hacerlas aún más grises de lo que están siendo, sólo diré que a mí, en estos casos, siempre me ha afectado muchísimo más ver la reacción de la gente. Lo sientes enormemente por el fallecido, por supuesto, te da mucha pena y acabas llorando por él, pero ver las explosiones de dolor de familiares, vecinos, amigos y demás te pone la piel de gallina. Yo jamás había visto a mi padre llorar de semejante modo. Y por cercanía (incluso su casa y la nuestra están pegadas) a mí esto me ha trastocado muchísimo debido a mi obsesión para con la muerte -creo haber hablado de ello en algún post anterior. Si a eso le sumamos lo mal que llevo el tema de las pérdidas y lo poco/nada que las acepto (sobre todo en el tema que nos ocupa ahora) obtendremos a un Marsónico con pocas ganas de fiesta y con nuevos desórdenes del sueño.

Aún a riesgo de parecer uno de esos emails en cadena en los que intentan sensibilizar a la gente, lo que quiero hacer con este post es que todos penséis en lo que estoy escribiendo: en el hecho de estar un día con una persona y perderla a los 5 minutos sin aviso previo. Si estáis mal con alguien, por favor, intentad arreglar las cosas. No os quedéis nunca con las ganas de decir algo, de hacer algo, de solucionar algo, porque es posible que no haya un mañana o un después o un luego, y debe ser horrible no poder despedirse de alguien o que se vaya y hayas dejado algo pendiente con él/ella. Jamás voy a entender a esas personas que se llevan fatal con sus padres o hermanos, siempre y cuando sea por razones tontas y justificables, porque hay otras que sobrepasan el límite de la decencia y el civismo. Yo, el día de Nochebuena, hice algo que siempre me había dado mucho corte hacer: abrazar a mis padres y decirles que les quería mucho. Los sentimientos estaban a flor de piel por todas partes y fue el momento perfecto. Lo malo de estas cosas es que al cabo de los días te olvidas de esa posibilidad de pérdida y alzas la voz o contestas mal o hablas más de la cuenta o haces algún desprecio, bla, bla, bla…

A pesar de todo, y sintiéndolo mucho, ayer, día de Navidad, opté por ser egoísta, evadirme de todo lo que me iba a remover por dentro y no acudir al funeral junto a mis padres y disfrutar de mis sobrinos y de la comida/velada familiar, en la que conseguí pasármelo mejor que ningún año (borrachera incluída que tuve que calmar horas más tarde con medio litro de zumo de naranja y dos pastillas para el dolor de cabeza).

Para terminar, quisiera dedicar esta entrada en mi diario a todas esas personas que únicamente me postean cuando hablo de libros, cd's, películas o de mis aventuras con la Master Card y que se esfuman cuando toco temas más personales y serios: señores, señoras, haceos a la idea de que hay un mundo ahí fuera que no es de color de rosa, y que no todo son banalidades. Un toque de humanidad no nos vendría mal a todos.